ANTROPISTORIA

Actividad volcánica en la provincia: el Jorullo 1759

Por Raymundo Padilla Lozoya*

Entre los pobladores de Colima, Jalisco y Michoacán existen historias e ideologías compartidas que tuvieron como detonante la actividad de algún fenómeno natural extremo, por ejemplo los ciclones, sismos y volcanes, pero esas historias suelen ser incomprobables y las ideologías incoherentes. Con amplia certeza sabemos que los volcanes de esta región han sido activos y se cuenta con evidencia histórica de sus impactos en el entorno, conservada en las capas de materiales geológicos, en los anillos de los árboles más viejos y en algunos pocos documentos históricos.

Pero si usted pregunta a la población adulta ¿cuáles han sido las erupciones volcánicas más percibidas en los últimos 50 años?, seguramente notará que dudan en las fechas, hay imprecisión en los relatos y se confunde un suceso con otro. Por ello deben usarse con cautela los testimonios orales. Esto sucede en parte porque en esta región es recurrente, cotidiana y casi familiar la relación de los humanos con la naturaleza y sus fenómenos extremos.

Una misma historia puede triangularse con fuentes de información complementarias, por ejemplo datos técnicos especializados, testimonios orales y registros documentales que en conjunto componen una serie de eventos. Así se comprueba una historia, se analizan las fuentes, contrastan datos, se da un orden a los sucesos y se aportan luces al conocimiento. De lo contrario, sin evidencia complementaria, los sucesos importantes se convierten en tenues huellas del pasado siempre en riesgo porque la memoria tiene límites.

Nuestras ocupaciones de la vida cotidiana nos hacen olvidar que vivimos en una zona de riesgo por erupción volcánica. Craso error en una región como la nuestra, porque olvidar nos hace vulnerables. Es como si de pronto olvidáramos andar con precaución en las calles, sólo porque nos habituamos a caminarlas. Una incoherencia como esa podría ocasionar que una ambulancia nos atropellara a pesar del sonido de la sirena.

Algunos fenómenos sistémicos de esta región, como los sismos y los ciclones, son ocasionales y menos visibles para el visitante. Pero los volcanes, como el Volcán de Fuego de Colima han sido referentes geográficos, incluso para los exploradores navegantes de los siglos XVI y XVII. Los volcanes han inspirado a los músicos, poetas y literatos, quienes supongo son más conocidos y leídos que los científicos locales. Por ello es que entre la población regional perduran ancestrales creencias y mitos difíciles de explicar con razones científicas. Por ejemplo se cree que tiembla en las ciudades a causa de algún volcán. Se asegura que bajo la tierra se extiende una enorme ramificación de cavernas y vetas de lava hirviente. Se supone que los volcanes están conectados internamente, sobre todo el Volcán de Fuego de Colima, el Jorullo de Michoacán y el Popocatépetl ubicado en el Estado de México.

Al respecto, en 1759 escribió el fraile Francisco de Ajofrín lo siguiente: “como seis meses antes [del día] de San Miguel, año de 1759, se empezaron a sentir en Xorullo y todas sus cercanías de las minas del cobre, Santa Clara, Pátzcuaro, Valladolid y todo el rumbo que mira al volcán antiguo de Colima, que dista aun más de 70 leguas, espantosos ruidos subterráneos, terremotos frecuentes, que calmaban algún tiempo, pero volvían con igual ímpetu y aún crecían con formidable violencia, poniendo en gran consternación toda la provincia que asombrada, se temían melancólicos sucesos.” (1) Este relato describe los antecedentes al nacimiento del volcán El Jorullo, en la hacienda del mismo nombre en Michoacán, producido el 29 de septiembre de 1759, día de San Miguel, pero además es notable que el coloso de Colima era un referente de la intensa actividad volcánica regional.

Incluso Ajofrín explica la erupción de El Jorullo como una consecuencia del Volcán de Colima de la siguiente manera: “Desde el tiempo de la gentilidad había un gran volcán, hacia la costa del Mar del Sur, llamado de Colima por la inmediación a la villa de este nombre; se dice que el referido año de 1759, en que se abrió el volcán del Xorullo, dejó antes de arrojar fuego el de Colima (acaso por haberse cegado con algunas peñas sus conductos o respiraderos), y no teniendo por donde desahogar sus materias ígneas y sulfureas, andaban vagueando con estruendo para hallar la debida libertad, lo que ocasionó terremotos, ruidos subterráneos y demás que hemos referido, hasta que reventó su furia por Xurullo; y persuade ser cierto este discurso el no haber vuelto a brotar fuego al dicho volcán de Colima sino rarísima vez. Y aunque distan uno del otro 80 leguas, sabe el físico que es fácil la comunicación aún en mayor distancia” (Ibid)

Hacer historia de fenómenos naturales es todo un reto no sólo por las dificultades de la búsqueda de documentos, sino también por las confusiones que narran las propias fuentes de información. Por ejemplo se suelen asociar los sismos tectónicos a las erupciones volcánicas, cuando en realidad son fenómenos geológicos de distinto origen. Pero esa diferencia era ignorada por los hombres de ciencia de las décadas y siglos pasados y por lo tanto lo que encontramos en relatos como el de Ajofrín son apreciaciones como la siguiente: “Era tanto el estrépito que se percibía en las concavidades y huecos de las minas, tan furiosos y violentos los huracanes que salían por sus bocas, que murieron algunos y enfermaron otros antes de desampararlas, ya fuese del susto o ya del aire infeccionado” (Ibid). Es probablemente que Ajofrín se refería por “huracanes” a los gases con polvo que pudieron salir de las “bocas” de las minas subterráneas. Pero no un “huracán”, sin embargo esta representación ayudaría a comparar esta figura literaria con algún fenómeno físico similar reportado en otras erupciones.

Relatos como el de Ajofrín ayudan a interpretar lo representativa que fue una erupción para algunas comunidades. Y sus percepciones personales y los datos que aporta, podrían ser comprobados y triangulados con estudios históricos y de las ciencias de la tierra, para identificar si como escribió: “En Valladolid no se registró el sol en diez días; en Pátzcuaro duraron por más tiempo las tinieblas. Las cenizas llegaron hasta Querétaro y aún más allá, y en todas partes no se oían sino rogativas públicas y gemidos al Cielo, pensando ser ya llegada aquella última hora” (Ibid).

Los volcanes regionales son un referente simbólico de identidad para las comunidades aledañas, pero también son un constante riesgo que podría convertirse en desastre. Por ello todos los esfuerzos por registrar la actividad volcánica y difundir conocimiento son valiosos, pero los libros son herramientas fundamentales para cimentar otras investigaciones. Decía Borges que “de todos los instrumentos del hombre el más asombroso es el libro. Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones del brazo. Pero el libro es otra cosa: es una extensión de la memoria y la imaginación”. Por esto invito a la presentación del libro El Volcán de Fuego de Colima, seis siglos de actividad eruptiva (1523-2010), escrito por Mauricio Bretón González, doctor en sismicidad y vulcanismo histórico por la Universidad de Granada, España, e investigador de la Universidad de Colima. La cita es en la Pinacoteca Universitaria el próximo miércoles 12, a las 19:30 horas. La entrada es gratuita y el brindis de honor.

Referencias:

(1) De Ajofrín, Francisco “De cómo al nacer el volcán del Jorullo devoró un hermoso paisaje”, en Novedades (28 de junio de 1968) 19, 24.

* Licenciado en Letras y Periodismo, maestro en Historia y doctorante en Antropología en el CIESAS DF. Integrante de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos. Blog: http://raypadilla.wordpress.com/

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