ANTROPISTORIA

Reflexiones detonadas por el huracán Jova

Por Raymundo Padilla Lozoya

Como fue comprobado hace unos días, en esta época el pronóstico meteorológico rara vez se equivoca con relación al comportamiento de los huracanes. Tal como fue difundido anticipadamente por el Servicio Meteorológico Nacional, el martes 12 de octubre fue un día con lluvias muy intensas, oleaje alto y marea violenta, mar “picado” y vientos muy intensos debido a los efectos del huracán Jova en Colima, Jalisco y Michoacán.

También la teoría se comprobó y la noche del 11 de octubre se detonaron desastres en cada una de las comunidades más expuestas a los efectos del huracán Jova y donde existían condiciones de vulnerabilidad social, en las cuales no se realizaron adecuados trabajos de prevención y las respuestas institucionales y civiles fueron insuficientes. Por estas razones se produjo en Colima el primer gran desastre del siglo XXI, detonado por un huracán. Y ojala que al final de este siglo, las condiciones que propiciaron este desastre sean parte de la historia indignante pero ilustrativa de lo que no se hacía bien, pero sirvió para mejorar.

Por fortuna el número de muertos durante la etapa de emergencia fue mínimo, pero en los próximos días podrían registrarse fallecimientos por consecuencia del mismo desastre, los cuales serán difíciles de rastrear. Pero cuando los pobres quedan en la miseria y dejan de ser noticia, regularmente mueren lentamente en medio de la más generalizada indiferencia. Evidentemente es un equívoco contabilizar solo a los muertos ocurridos durante la emergencia.

Este desastre no inició con la llegada del huracán, el cual solamente exacerbó las condiciones de vulnerabilidad social ya existentes. Y no terminará cuando deje de ser noticia en los medios de comunicación, porque este desastre se proyectará durante días, meses y años, hasta que se hayan resarcido todos los daños socioeconómicos, regrese la cotidianidad y las pesadillas del desastre desaparezcan de los traumáticos sueños de los niños que lo han presenciado.

En esta etapa de rehabilitación y reconstrucción sería conveniente aprovechar la coyuntura para mejorar la convivencia sociocultural con nuestro medio ambiente e iniciar una etapa de desarrollo sustentable en la que sean reducidos los actuales riesgos que representan los huracanes y se planifiquen los asentamientos en zonas que no fueron destrozadas, así, disminuirían las probabilidades de futuros desastres.

Sin embargo las hemerotecas atestiguan que para el periodista el desastre inicia el día en que impacta el huracán. Y la pertinencia de la información noticiosa del desastre termina cuando el político o funcionario agota la entrega de dádivas a los damnificados. Entonces se acaba el transporte gratis de reporteros a la zona siniestrada y el desastre desaparece de los medios de comunicación.

Para los funcionarios urbanos este desastre es un escenario ideal para probar sus habilidades histriónicas y exhibir sus mejores perfiles fotogénicos, previos a la colecta de votos con carteles y espectaculares, con su imagen en el desastre, durante los próximos meses. Podríamos decir que aplican el modelo Camacho Solís, quien emergió con Marcelo Ebrard de entre las ruinas de la ciudad de México en 1985, para convertirse en candidato a la presidencia de nuestra República. Para fortuna de algunos, el desastre ocurrió antes de las campañas y mostrará ante la población a quién se debe premiar con votos y a quién sancionar por ignorar las demandas sociales que pudieron mitigar los impactos y evitar el desastre.

Con este desastre se desmitificó que los ciclones tropicales sólo afectan en la costa, como creían erróneamente algunas personas. Y se evidenció que dos fenómenos, totalmente distintos, pueden coincidir en un mismo día y en una misma región, esta vez concurrieron simultáneamente un huracán y un sismo. En los registros históricos, coincidencias como esta han sido referidas como “ciclón de mar y tierra”. Así se les denominaba.

La evidencia sugiere que a pesar de los premios nacionales e internacionales de calidad administrativa otorgados a los ayuntamientos actuales, los drenajes y los puentes desnudan verdades; porque cuando revientan, nos muestran lo que circula por las arterias de nuestra ciudad y lo bien comunicados que estamos.

La sociedad dice que los ríos reconocieron el cauce que era suyo. Pero en cuanto el río reclamó su cauce, la población se apresuró a imponer presencia, aunque sea como testigo, incluso exponiendo su vida con tal de capturar una foto del espectáculo y satisfacer el instinto nat-yio. Por la conducta intrépida y negligente demostrada por la sociedad durante la emergencia, queda en duda la supuesta y ancestral “cultura de protección civil” y se manifiesta la “cultura del riesgo”. No es claro dónde radica la aludida cultura de protección civil, si como se publicó, el director de Protección Civil Municipal, Enrique Morales Novela declaró que “vivimos en el supuesto de que nunca nos va a pasar algo ni [a] nuestras familias”, lo cual se refleja en que “el 95 por ciento de las viviendas carecen de un plan familiar de protección civil” (1).

El número de muertos fue mínimo, pero las probabilidades de riesgo y el grado de exposición de la sociedad, fueron alarmantes. En los puentes, calles, carreteras y playas, la población acudió a presenciar el espectáculo, aún arriesgando sus vidas y las de sus hijos. Este fenómeno no es nuevo, encima del puente de la calle 16 de septiembre, hace 10 años, un hombre estacionó su camioneta, sacó a su hijo y lo sentó sobre la orilla del puente a un lado de un paquete de seis cervezas que disfrutó mientras observaba la avenida súbita impactando en el puente. Pero en esta ocasión, los espectadores fueron más, pues el show duró casi todo el día.

Sin duda, hasta hoy, este desastre detonado por el huracán Jova es el más mediatizado del estado de Colima, pues nunca antes la población contó con tantas cámaras para registrarlo en su memoria digital y difundirlo en todo el mundo. El Facebook se convirtió en una herramienta para mostrar lo sorprendente.

Pero ojalá sirva esa evidencia audiovisual para prolongar el recuerdo del desastre y concientizar a la población acerca de los riesgos de nuestro entorno local. A penas se iba desvaneciendo el recuerdo del desastre detonado por el sismo del 21 de enero del año 2003, cuando ahora otro desastre nos recuerda que en nuestro entorno los fenómenos naturales recurrentes y comunes nos amenazan porque somos vulnerables a ellos y las casas están asentadas en zonas expuestas a los efectos e impactos de huracanes e inundaciones.

Sin embargo los fenómenos naturales sistémicos de nuestro medioambiente no debieran representar amenazas, pero en eso han devenido porque son deficientes las capacidades adaptativas a este medio ambiente. Es notable que debemos respetar los límites naturales y mejorar los planes de obras públicas y viviendas, pues fueron pensadas para satisfacer bolsillos en lugar de ajustarse a lo científicamente conveniente y dignificar a nuestra sociedad.

Las recriminaciones actuales debieran transformarse en demandas permanentes de la sociedad para exigir mejores condiciones de protección civil y seguridad pública, pues este derecho está acotado y condicionado. Incluso algunas instituciones como Protección Civil han rehuido su obligación constitucional de vigilar, denunciar y sancionar a quienes autorizan y promueven los asentamientos irregulares, construyen con materiales inadecuados y diseñan obras públicas deficientes.

Mientras no cambie el modelo actual de desarrollo irregular e inequitativo, lo único que cambiará en los desastres será la fecha, pues ahora un desastre se empalma a las condiciones desastrosas permanentes y a los rezagos de otros desastres.

Referencia:

(1) Falcón Álvarez, Nalleli “Carece 95% de viviendas de plan familiar de protección civil”, en Diario de Colima (domingo 23 de octubre de 2011) A7.

* Licenciado en Letras y Periodismo, maestro en Historia y doctorante en Antropología en el CIESAS DF. Integrante de la Sociedad Colimense de Estudios Históricos. Blog: http://raypadilla.wordpress.com/

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